Cuando estás mal y no sabes por qué

No entiendo por qué me siento así, si mi vida está bien

Hay una experiencia que aparece mucho en consulta, y casi siempre con las mismas palabras: "Lo tengo todo, y aun así no estoy bien."

Una vida que, mirada desde fuera, funciona. Y por dentro, un malestar que no se va. A veces es constante, a veces viene por rachas. Has probado cosas para sentirte mejor y algo alivia un tiempo, pero siempre vuelve. Y lo peor no es el malestar en sí: es no encontrarle sentido. Porque si no hay un motivo claro, la única explicación que queda parece ser una: "el problema soy yo", soy desagradecido, caprichosa, me quejo de vicio…

Que no encuentres el motivo de tu malestar no significa que no lo tenga. Significa, casi siempre, que te falta información sobre ti, no porque seas poco consciente o no te hayas mirado lo suficiente. Al revés: probablemente lleves años intentándolo. Es que hay información que no está a mano, porque en su momento no pudo estarlo.

Cuando lo que nos dolió no lo recordamos

A veces, lo que explica ese malestar ocurrió muy pronto, antes de que tuviéramos memoria de las cosas. Otras veces ocurrió más tarde, pero la mente lo apartó de la conciencia para poder seguir adelante. En ambos casos el resultado se parece: notas el efecto, pero no ves la causa. Como un dolor sin herida visible.

Esto no es una teoría rebuscada, ni el empeño de un psicólogo por encontrar problemas donde no los hay. Es algo que, sencillamente, acaba apareciendo de hecho, a medida que pasan los años, este tipo de malestar invisible se va incrementando, porque el cerebro siempre buscar resolver, por lo que va enviando mas síntomas.

De dónde puede venir

No siempre viene de algo que pasó. A veces viene, sobre todo, de algo que no pasó y tenía que haber pasado. Se nota en detalles muy cotidianos: "no le contaba a nadie mis cosas, no me gustaba molestar", que suele hablar de una falta de disponibilidad emocional alrededor. O, en casos más intensos, de un niño que vivió en alerta permanente y que dejó de ser lo que un niño debería poder ser: alguien despreocupado que solo juega y explora.

Otras veces está en lo que no se nombra. En muchas familias hay cosas que ocurrieron y nunca se cuentan, pero que están en la atmósfera: algo que quedó envuelto en vergüenza, en miedo o en culpa. Un trauma serio que alguien de la familia quiso olvidar, una pérdida de la que no se habla. No hay palabras para eso, pero se respira, y el malestar que dejó sigue circulando aunque nadie lo mencione.

Pero en la mayoría de ocasiones era algo que pasó, o que pasaba de forma cotidiana y no debía pasar, pero que estaba normalizado.

Por qué pudo quedar oculto

Que exista un motivo no significa que sea fácil de ver. Y hay razones concretas por las que pudo quedar tapado.

Lo más frecuente es que el origen esté en experiencias adversas que ocurrieron de verdad, pero que no están al alcance de la memoria consciente. Pasaron, dejaron huella, y sin embargo no puedes acceder a ellas cuando las buscas

O cuando lo que nos contaban sobre nuestra vida no coincidía con lo que de verdad estábamos viviendo, esa contradicción no se resuelve: se queda dentro, sin encajar. Y lo que no encaja es difícil de sostener con claridad en el recuerdo. En terapia esas grietas suelen salir solas:

—Yo no tenía sábanas limpias para cambiar la cama; esperaba a que se secaran las que había. —Pero me contaste que tu padre era teniente coronel del ejército, ¿verdad?

Otra es que darse cuenta no salía a cuenta. Si reconocer algo ponía en riesgo un vínculo del que dependíamos para vivir —los padres, la familia—, la mente prefería esconderlo. Es más rentable no verlo que perder a quien te sostiene.

Y hay algo más silencioso todavía. A veces la persona carga desde siempre con la sensación de que hay algo en ella que no vale, una especie de defecto de fondo que da por hecho. No es una idea que haya razonado: es un fondo sobre el que se ha construido, tan antiguo que le parece simplemente verdad. Y llama la atención una cosa: por más que mire su vida actual, no encuentra nada que justifique sentirse así. Porque esa sensación no nació en el presente, y por eso el presente no la explica.

Cómo se nota que puede estar pasándote

No hace falta recordar nada para sospecharlo. Suele notarse por otras vías.

Por síntomas que has normalizado, por ejemplo una ansiedad que llevas tanto tiempo contigo que ya te parece parte de tu carácter. Por soluciones que construiste sin darte cuenta y que nunca terminan de funcionar: trabajar sin parar, comprar, viajar, llenar la agenda, cualquier cosa que mantenga el malestar a raya un rato. Por molestias en el cuerpo sin causa médica clara, porque a veces el cuerpo dice lo que la mente todavía no puede.

Y hay una señal más, y es la que más me gustaría que retuvieras: si has intentado resolver esto de mil maneras y nada acaba de servir, eso no significa que no tengas remedio. Significa lo contrario. Cuando el malestar viene de algo que no vemos, los planes que hacemos para mejorar se construyen con información incompleta —con la que teníamos entonces, no con la que necesitamos ahora—. Por eso fallan. No porque tú falles.

Lo que estos casos tienen en común

En todos ellos ocurre lo mismo: la persona intenta resolver su malestar con la información que tiene, y esa información está incompleta. No porque no se haya mirado, sino porque una parte de su propia historia quedó fuera de su alcance. Y con un mapa al que le faltan zonas, es difícil llegar a ningún sitio, por mucho que se intente.

Por eso, cuando alguien ha probado de todo y nada termina de funcionar, la conclusión no tiene por qué ser "soy un caso perdido". Puede ser, sencillamente, que el motivo esté en un lugar donde todavía no ha mirado, o donde no ha podido mirar solo.

Si algo de lo que has leído te ha resonado, quizá tu malestar no sea tan absurdo como parece. Quizá no estés mal sin motivo, sino con un motivo que aún no conoces. Y aunque cueste creerlo, eso es preferible a la otra explicación: donde buscas no es, hay una parte de tu historia que todavía no encaja.