Autoboicot
Cuando tropiezas con la misma piedra: entender el autoboicot.
Hay una experiencia que se repite en muchas consultas, casi con las mismas palabras: "Sé lo que tengo que hacer, pero no lo hago." "Justo cuando las cosas van bien, encuentro la manera de estropearlo." "Siempre acabo en el mismo sitio." Y, casi siempre, una conclusión que duele: "Esto no tiene solución."
Si te reconoces en esto, no es una cuestión de falta de voluntad; hay razones que explican lo que te está ocurriendo.
- Cómo funciona por dentro: el trabajo de partes
El trabajo de partes se apoya en una idea sencilla y liberadora: dentro de nosotros no hay una sola voz, sino varias partes, y no todas quieren lo mismo. Una parte quiere presentarse a esa oportunidad; otra te paraliza en el último momento. Una parte quiere acercarse; otra levanta un muro cuando la cosa se vuelve íntima.
Y aquí está lo que suele sorprender: aunque no lo parezca, todas esas partes están intentando protegerte. Incluso la que te frena, la que te paraliza, la que levanta el muro. Ninguna trabaja en tu contra, por mucho que su efecto hoy te perjudique: cada una lleva años con un mismo objetivo, evitar que sientas el dolor de otras partes más heridas y vulnerables. Lo que vives como sabotaje es, en realidad, la acción de esas partes protectoras haciendo, con toda su lealtad, lo único que aprendieron para cuidarte —frenarte antes de que llegues a un lugar donde una vez lo pasaste mal.
- De dónde viene: el mapa de la biografía humana
Para entender por qué se montó esa defensa concreta, hay que mirar tu historia. Qué sucedía, con quien…, qué no sucedía y tenía que suceder…, qué les pasaba a otros que me afectaba a mi…etc. Sobre ese mapa se levantaban defensas “a medida”, ejemplos:
- Si aprendiste que pedir era inútil → defensa de autosuficiencia ("no necesito a nadie").
- Si aprendiste que el amor se ganaba → defensa de complacer ("valgo si soy útil").
- Si aprendiste que mostrarte tal cual eras no era seguro → defensa de perfeccionismo ("si no hay nada que reprochar, no pueden hacerme daño").
- En el autoboicot aparece a veces la defensa de inmovilización, que tiene muchos posibles orígenes, te pongo algunos: si tus decisiones las tomaban siempre otros por ti → nunca desarrollaste la confianza en que puedes elegir, y ahora elegir te paraliza. O si todo lo que hacías parecía que estaba mal, o si no tenías voz porque solo la voz de otros estaba permitidaàPara qué voy a…
Estas defensas no fueron un error. Eran necesarias en ese sistema. El problema es que las seguimos aplicando de adultos, en automático, aunque el mundo ya sea otro.
- Las creencias negativas sobre ti.
De todo aquello no solo quedaron defensas. Quedaron también conclusiones sobre ti mismo: "no valgo", "hay algo malo en mí", "no merezco que me vaya bien". Un niño no puede pensar que quien lo cuida se equivoca, así que da por cierto que el problema es él. Y esas creencias, una vez instaladas, no se quedan quietas: funcionan como unas gafas a través de las cuales miras todo lo que te pasa, y sin darte cuenta vas tomando decisiones que encajan con ellas. Si en el fondo crees que no vales, dejarás pasar oportunidades, elegirás vínculos que te confirman esa idea, o abandonarás justo cuando algo empieza a ir bien. No lo haces por gusto: lo haces porque una parte de ti está siendo coherente con lo que cree de sí misma. Y así se cierra el círculo, porque cada una de esas decisiones parece "demostrar" que la creencia era cierta. El autoboicot es, muchas veces, una creencia antigua sobre ti buscando darse la razón.
- Hacia dónde ir: el Yo adulto (o Yo central)
Por debajo de todas esas partes protectoras hay un centro que no está dañado: un Yo adulto —tranquilo, capaz, con perspectiva— con el que, en cierto modo, nacimos todos. El cerebro humano viene equipado, tras millones de años de evolución, con sistemas diseñados no solo para defenderse del peligro, sino también para buscar, explorar, cuidar y jugar. La neurociencia afectiva ha identificado circuitos cerebrales innatos dedicados a la curiosidad y la búsqueda, al cuidado de otros y del vínculo, y al juego y la alegría compartida —presentes en todos los mamíferos, incluidos nosotros, desde el nacimiento.
Nacemos, de hecho, con una disposición natural hacia el bienestar, el vínculo y el trato amable hacia nosotros mismos. Un bebé no viene al mundo autocriticándose ni convencido de no valer: eso se aprende después. La autocrítica, la desconfianza y las defensas no son nuestro estado original, sino capas que se montan encima cuando la cosa se tuerce. Y eso es una buena noticia: si la amabilidad hacia uno mismo es lo que había al principio, entonces no hay que fabricarla desde cero —hay que destaparla.
Por eso el trabajo terapéutico no consiste en eliminar las defensas a la fuerza (eso solo las pone más nerviosas y más rígidas), sino en identificarlas, escucharlas y que tu Yo Adulto tome el control.
El Yo adulto habla de una forma muy distinta al crítico interno: es amable, constructivo, creativo, cuida en lugar de castigar. Y a medida que ocupa su sitio, esas creencias negativas que dabas por ciertas van siendo sustituidas por la voz de ese Yo central que estaba escondido.
Así se van desplegando capacidades que estaban inhibidas: la iniciativa que la inmovilización tapaba, la cercanía que el muro impedía, la voz que un día no te dejaron tener.
En resumen
Salir del autoboicot no es forzarte a "tener más voluntad". Es entender a quién estás protegiendo (tus partes), reconocer de dónde viene esa protección (tu historia), y sacar toda la verdad sobre ti que estaba escondida.
Mi forma de trabajar con partes se nutre de distintas fuentes: la terapia de estados del yo, el trabajo sobre trauma y disociación de Kathy Steele y Natalia Seijo, la integración con EMDR de Roger Solomon y el modelo de Sistemas de Familia Interna (IFS) de Richard Schwartz, entre otras. La idea de un equipamiento innato para el vínculo, la curiosidad, el cuidado y el juego se apoya en la neurociencia afectiva de Jaak Panksepp.